A pesar de los avances alcanzados en la cobertura del sistema educativo, las niñas rurales siguen siendo excluidas de los beneficios de la educación por causas relacionadas con la pobreza extrema de las familias del campo, las deficientes condiciones de las escuelas en las zonas más inaccesibles del país, pero también por razones vinculadas a la discriminación de género.
Actualmente en el Perú existen un millón 760 mil niñas y adolescentes que viven en las zonas rurales. Sus posibilidades de acudir oportunamente a la escuela, asistir regularmente y culminar con éxito sus estudios, son limitadas y requieren de una atención especial.
Entre los 6 y 11 años, la mayoría de niñas del campo son matriculadas en la primaria, pero entre los 12 y los 17 años, una de cada cuatro ya dejó de estudiar. Según la Encuesta Nacional de Niveles de Vida de 1997, más de 200 mil niñas y adolescentes rurales (entre 5 y 17 años) no fueron a la escuela.
Esto se explica por la lejanía de los centros educativos en el caso de los poblados rurales de las zonas más apartadas del país. Otra razón es que muchos de estos colegios no cuentan con primaria completa, lo que plantea una enorme dificultad a las niñas, que en gran parte no pueden desplazarse hasta otro lugar para continuar su educación.
De otro lado, coincidiendo con su ingreso a la primaria, las niñas asumen en el campo una serie de tareas: el pastoreo del ganado, cuidado de animales menores, recojo de leña, acarreo de agua, etc. A medida que crecen, estas responsabilidades se incrementan, por lo que no disponen ya de tiempo ni condiciones adecuadas para continuar estudiando.
La menarquia: ¿Adiós a la escuela?
Uno de los factores que atenta contra la permanencia en la escuela de las niñas del campo es la extraedad. Ya sea porque se matriculan tarde, o porque repiten el año más de una vez, la pubertad les llega antes de haber concluido la primaria.
Los cambios en su cuerpo las hacen sentir avergonzadas y fuera de lugar en el aula, y muchas veces son víctimas de burlas por parte de sus compañeros. Por otra parte, por no disponer de información acerca de la menarquia, sienten temor ante este evento natural, e incomodidad, porque la mayoría de escuelas rurales no cuenta con servicios higiénicos.
Asimismo, tanto las familias como las propias niñas tienen recelo de la proximidad de los varones en la escuela. Los padres temen que salgan embarazadas, o que sean abusadas sexualmente por los profesores, como lamentablemente suele suceder. Todos estos factores se confabulan para alejar a un significativo sector de niñas y adolescentes rurales de la vida estudiantil.
Todos podemos contribuir a que culminen sus estudios Para contribuir a la escolaridad de las niñas y adolescentes rurales, no solamente se requiere del compromiso de las autoridades del sector, sino de las familias y la comunidad.
La Agenda Abierta para la Educación de las Niñas en Áreas Rurales (1999) propone cinco puntos para enfrentar los problemas descritos:
• Que todas las niñas tengan acceso oportuno a la escuela.
• Que dispongan de tiempo y condiciones para estudiar.
• Que reciban una atención integral a su pubertad.
• Que logren aprendizajes efectivos en la escuela.
• Que sean valoradas en una escuela amiga de la niñez.
Fuente: REPEM, Perú, Ana Vásquez. LA RED VA